José Ferrer (1912-1992) fue el primer actor hispánico que ganó un Tony (1947) y un Óscar (1951) por su interpretación en inglés de un clásico del teatro francés, el Cyrano de Bergerac de Edmond Rostand (1868-1918). Ferrer donó su premio a la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, pero la estatuilla desapareció, y nunca ha sido recuperada. Interpretando lúdicamente estos hechos, la novela que aquí presentamos nos invita a conocer a la persona que se robó ese Óscar del recinto universitario durante la huelga estudiantil de 1981. Imaginando películas en las que Ferrer nunca participó, y meditando sobre sus propias decisiones y acontecimientos, el narrador consigue proponernos una memoria histórica que es tanto personal como colectiva –simultáneamente mimética y diegética– en la que se reflejan algunos de los logros, las limitaciones, y los vértices contradictorios del Puerto Rico contemporáneo.
I
: mirando hacia la calle –no puedo, en estos días, hacer otra cosa– me entraron ganas de acordarme de cómo había llegado a mis manos, y retenido por décadas, el Óscar ganado por José Ferrer en premio a su actuación en la versión fílmica de Cyrano de Bergerac. Hacía tiempo que no visitaba estas reminiscencias, pero el alargamiento de las horas cotidianas en los últimos meses después del huracán ha tenido la serena virtud de abrirme cajones postergados en la memoria, y salen al aire de manera improvisada eventos que tal vez no valdría la pena recuperar. Fue durante la huelga universitaria del '81, cuando protestábamos contra los aumentos de matrícula que la administración nos había impuesto sin avisarnos. A pesar de las becas federales y los onerosos préstamos adquiridos en Island Finance, todos nos encontramos de pronto con una alarmante escasez de fondos. Después de una serie de marchas con múltiples pancartas, y ramilletes de flores regalados a los guardias en señal de confraternidad cívica, se convocó una asamblea general en los terrenos que demarcan la entrada al campus. Allí había un espacio cubierto de yerbajos anémicos y parches secos, bordeado por hileras de palmas reales, con irregulares ondulados que aparentan un anfiteatro vegetal. Aquel día nos aparecimos casi mil estudiantes, apretados unos contra otros, tratando de oír los discursos del liderazgo sindical socialista que se había unido a nuestra causa. Para protegernos del regimiento de policías que nos observaba desde los portones que daban acceso a la avenida Ponce de León, un preventivo círculo de profesores, agarrados de manos, había formado una pared de carne intelectual en torno a nosotros. Nadie supo en qué momento la fuerza de choque emergió a nuestras espaldas. Habían venido desde adentro, en modo de emboscada, y se arrojaron sobre la gente, emitiendo un silbido oscuro creado por botas y cascos y cinturones militares. Atascados entre la verja que rodea el recinto y aquella ventolera de macanazos que se aproximaba, la asamblea se disolvió apresuradamente en estampidas erráticas. Un muro de voceríos histéricos y cuerpos desarreglados se apiñó contra los agentes uniformados, y fue entonces cuando los gases lacrimógenos trazaron sus coletazos de humo entre el rebullir de piernas y espaldas caóticas. Sentí un ramalazo ácido sobre mi cara, y las cosas se me empañaron con un llanto cítrico y quemante. Dando tumbos como ciego, me tropecé con el pedestal del monumento a Eugenio María de Hostos. En cuclillas junto al austero bloque de mampostería, tensé los hombros y la nuca en espera del cantazo policial que me parecía inminente. [...]
Leo Cabranes-Grant es profesor de performance y relaciones interculturales en los departamentos de Español y Portugués y Teatro y Danza en la Universidad de California (Santa Bárbara). Ha sido premiado por sus trabajos de investigación y su dramaturgia. Anteriormente, ha publicado (también en Isla Negra) dos libros de poesía, Retablo de perpetuos (2013) y Los pasos y los viajes (2019) y ha auspiciado allí la obra de su amigo Fernando Álvarez Pardo, Texting (2019) y Feisbú (2021) . Esta es su primera novela, lo cual prueba que se puede envejecer con arte.